Como he estado estos últimos 4 días sin poder escribir nada. Creo que lo mejor es simplificar mis post con estas "miradas" que he querido dejar plasmadas sobre mi viaje de estos días. Espero que os gusten y que os digan algo. A partir de aquí.. sólo queda pensar.
Os recomiendo ver estas fotos a pantalla completa clikando aquí.
En badian, un pueblo cualquiera, justo al lado de Mako y bañado por el río Gambia he conocido a Álvaro, el presidente de la asociación española "Campamentos Solidarios". Ya conocía a dos de sus personas en Senegal de mi visita a Zinguinchor. Campamentos Solidarios realiza una labor increíble de desarrollo local en Senegal donde impulsa diferentes proyectos de escuelas, centros de salud y pozos y gestiona dos campamentos locales. Hemos tenido la suerte de visitar Badian y algunos de sus proyectos y las escuelas en construcción que tienen aquí. Ha sido, sencillamente maravilloso. Si a algún lector le interesa espero les podáis ayudar. Se lo merecen y lo necesitan.
Acaba de pasar Leontine mientras enciendo el ordenador para escribir estás líneas. Le sigue, como siempre, unos metros más atrás François, su hijo de dos años. Leontine es una de las mujeres de referencia de esta zona de Kedougou (un pueblo casí al final de Senegal con la frontera de Guinea Conakri) Hasta ayer sólo la conocía por fotos y por algún video que los voluntarios habían grabado hace algunos años. Siempre la había visto con Fraçois a las espaldas. El Campamento “Le Bedick” es un simbolo de la zona. Ayer nos contaba que las mujeres por aquí todavía tienen miedo de hacer cosas y siguen sin el coraje suficiente para poner en marcha sus negocios. Ella es un ejemplo para el resto de mujeres y acaba de montar una asociación para poder hacer sensibilización y animarlas a que produzcan de manera conjunta un cereal típico de la zona y lo comercialicen. De esta manera podrían gestionar mejor las pequeñas mejoras de sus casas.
Después de este desayuno hemos visitado el poblado de Iwol, un asentamiento en lo alto de la montaña (una de las únicas que hay en todo Senegal) al cuál, sólo se accede mediante una hora hora caminando por empinadas cuestas. Miraba al guía que nos subió y era como si nada. Yo respiraba casi para ahogarme pero al final he llegado. Iwol es una agrupación de 535 personas. El pueblo está desierto porque la gente está trabajando en el campo a media mañana. Tan sólo unas mujeres mayores y niños, como siempre. Las mujeres pronto nos llevan a ver al jefe del pueblo, de la familia de los Keita como es habitual por esta zona. Le entregamos un paquete de jabones y una bolsa de dos kilos de Cola, una especie de fruto con el que hacen infusiones que hemos comprado en el mercado de Kedougou. Nos cuenta que el asentamiento lleva allí desde el siglo XII, nada ha cambiado desde entonces. Creo que estamos en el sitio más recóndito y anclado en la antigüedad que he visitado nunca. Por supuesto ni agua, ni luz, ni ninguno de los mínimos necesarios para vivir. Me siento como si estuviera 500 años más para atrás y entonces siento que realmente estoy lejos. Es increíble como tan solo a 5 horas de vuelo y tres días de viaje puede suponer un abismo tan grande.
Tras un largo viaje estoy a las puertas del parque de Niokolo Koba, justo en un triángulo entre los países de Malí, Senegal, Gambia y Ginea Conakri. Las puertas de una zona especialmente bonita en Senegal que se llama el País Bassari. Para los que sigan despistados aquí va el mapa.
Anoche rompimos un coche por un golpe leve al parar para un control policial y allí se quedó, hoy hemos pinchado en mitad de la nada pero, debo ser un sufridor nato, ha sido muy interesante. Tafa (Mustafa) es el conductor que nos ha traído hasta aquí, habla perfectamente español y echa de menos a su novia vasca. Esta mañana nos ha contado que conoce perfectamente a Roque, Silvia y Albert (los tres desaparecidos en Mauritania) porque él es conductor habitual en Senegal de la Carabana Solidaria que organiza cada año “Ayuda en Acción”. Está triste y preocupado por ellos. 12 horas de trayecto dan para hablar mucho. Escuchar sus discos de música senegalesa, pinchar el coche, comer y para a ver una catedral de termitas.
Y ahora hemos llegado a Tambacounda, ha caído la noche y siento nostalgia. Echo de menos. Tengo la cabeza puesta aquí y allá y me parece genial que así sea. Hago un par de llamadas telefónicas para dar el parte de estado “todo bien” y entonces me tumbo en la cama. Pienso en lo que añoro, no sé por qué le doy tanta importancia, pero lo cierto es que es importante.
He aprovechado unas cuántas horas de coche también para pensar en mi. Para reordenar algunas cosas del futuro. No sé si es el mejor sitio para hacerlo pero es el que hay. Y además es necesario. Cada vez que atravieso un mercado de un poblado, interrumpo mi proceso y miro a los niños que hay en él. Tafa me confirma que no sabe si sería feliz viviendo en España, ellos probablemente tampoco. Entonces vuelvo con mis pensamientos. Pasan las horas y sigo en la añoranza: ojala ella estuviera aquí.
Ahí afuera, al caer la tarde, escucho al imán en la mezquita en el rezo de la noche.
Hoy es mi tercer día en Senegal. Estoy constipado (Curioso estando a casi 30 grados de temperatura) Mañana salimos hacia “Tamba” (Tambacounda, país bassari) y desapareceremos del mapa. Nos esperan más de 12 horas de viaje y 600 kilómetros. Pero la verdad es que ya hay ganas de salir de la capital.
Pero eso será mañana. Hoy hay que hablar de hoy. En África se aprende que el tiempo es relativo y el espacio también. Y es que hoy han pasado muchas cosas.
Hoy he tenido una sensación bastante difícil de describir. A veces notas que por delante de ti ha pasado, casi por casualidad, uno de esos momentos que cambian la vida de las personas, que conoces a gente para la que representas un futuro mejor. Siempre me ha sorprendido la memoria increíble de esta gente. Ayer iba por una calle cualquiera de Dakar y, aunque parezca inverosímil, oí un grito que decía mi nombre desde un coche que pasaba. Miré y alguien al que, por supuesto, no conocía me gritó “Sergio, Ziguinchor!!”. Estuve en Ziguinchor hace ahora justo dos años, creo, colaborando en un programa de formación a emprendedoras. Ziguinchor está a casi 15 horas de coche de aquí y todavía alguien me ha reconocido por la calle. Y lo que es más sorprendente: recuerda mi nombre.
mujeres de la asociación de artesanas de Dakar AGTAD
La Fundación Bafrow lleva a cabo una excelente labor de formación y concienciación para la mujer de Gambia en temas de Salud, Alimentación y género. En esta foto, un grupo de niñas asiste a un taller de información sobre la Ablación de clítoris. La foto que tomé ayer me parece muy interesante porque capta el primer momento en que una profesora realiza una clase de orientación sexual y les cuenta en qué consiste la ablación. Las caras de las niñas son para reflexionar.
Podéis encontrar alguna foto más en mi flickr: http://www.flickr.com/photos/69137059@N00/
Cada una de las historias que puedes escuchar en un encuentro de mujeres africanas, como este el que estoy, están compuestas de breves emociones. Las cosas más didácticas, generalmente, no están vestidas de ninguna sofisticación ni necesitan de las grandes palabras para generar grandes discursos. Cuando uno habla con ellas reconoce la fuerza de la experiencia, el saber de lo que cuestan las cosas, reconoce un sentimiento de género perdido en Europa, una responsabilidad sobre el sitio dónde han nacido y sobre la comunidad donde viven. Ellas se saben fuertes, pero huyen de lo heroico y de la grandilocuencia, aplicando una serena humildad que justamente las convierte en algo grande que no sabes muy bien cómo explicar.
El papel de la mujer en la economía africana y en el desarrollo local es, como es sabido, fundamental. Pero más allá de ello, las historias detrás de cada una de ellas están marcadas por una opción de vida personal.
Andandoo pretende contar una nueva realidad del continente africano caracterizada por una visión optimista y objetiva sobre las posibilidades de desarrollo de los países en torno al turismo sostenible y el apoyo de las mujeres emprendedoras, protagonistas especiales y elementos fundamentales para el desarrollo económico local de la economía de estos países.
Andandoo persigue construir esta nueva visión y lo hace a través de contar las experiencias de viajeros, voluntarios, periodistas y gente conocida de diferentes procedencias que nos contarán su contacto directo con el terreno y esta realidad.
Habitualmente hablamos de África desde la perspectiva del subdesarrollo, de los conflictos bélicos, de las diferencias de género o de la desnutrición, aspectos estos, sin duda, determinantes para su futuro. La idea de Andandoo es poder mirar con otros ojos esta realidad. Invitar a todos a conocer un nuevo continente que está saliendo adelante y hacerlo desde la sostenibilidad y la responsabilidad.
Anoche llegué a Dakar. Como manda la tradición: a horas tardías y lleno de cansancio. Tras un largo viaje y con una maleta desproporcionada para lo que después siempre llegas a usar. Más compuesta por dispositivos, cables y fármacos varios que por la propia ropa que vas a necesitar.
Dakar es una ciudad oscura, donde nunca pasa nada. Una ciudad de paso para buscar sitios mejores. Pero es una ciudad necesaria. África y las capitales, un modelo que se repite en todos los países. Sitios maravillosos donde la capital nunca suele valer la pena, donde la capital siempre es un irremediable destino para otras cosas. Y los que allí viven lo saben. Coger un taxi a la una de la mañana en el aeropuerto de Dakar es siempre una experiencia irremediable pero poco agradable: nunca sabes dónde te va a llevar. Nunca hay nadie esperándote por mucho que el transfer del hotel esté confirmado. Son cosas de África, son cosas de Senegal, justo las cosas que te atraen. Alguno en la parada siempre te ofrece a su hermano para llevarte y otro te sonríe diciéndote el viejo dicho senegalés de “Senegal: ça m’est egal…”…y entonces te das cuenta de que has llegado a otro sistema de organización social. De nuevo estás allí, en el sitio donde no importa tanto el tiempo y el espacio (ir de aquí para allá) sino el dinero (cuánto cuesta) y la paciencia (cuánto tardarás).
Caí rendido a los pies de París cuando leí por primera vez Rayuela. Debía ser el año 1994, corrían los años de universidad y todavía pensábamos que podríamos cambiar el mundo con un poema, cantar a la libertad con una guitarra en mano o enamorarse a escondidas de cualquier mujer fatal que fumara Ducados. Eran tiempos de Miguel Hernández y canciones de Vicente Felíu y comenzábamos a descrubir a la Bauhaus o la razón geométrica de Mondrian.
Rulfo nos llevó a Borges y Borges nos llevo a Julio. Julio Cortázar, ese argentino simpático y enjuto con un extraño acento francés contagiado de nostalgia porteña.. Entonces conocí Rayuela, empezando por aquellos capítulos que me llevaron a París :”¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y a penas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts”(cap. 1)